PUNTO DE VISTA / ‘Sinjar’ o la odisea de rodar en el Kurdistán Iraquí. Por ANNA M. BOFARULL

Rodar es una aventura. Dejarte la piel durante años para levantar parte de la financiación que necesitas para disponer ciertos elementos de una historia y gritar “acción” es una odisea. Pero si además eso te lleva a hacerlo en el Kurdistán iraquí en tiempos de coronavirus, la experiencia ya es completa (ironía modo on).

El 17 de febrero un grupo de ocho mujeres cogíamos el avión en Barcelona, con escala en Istambul y parada final en Erbil, capital de la región autónoma kurda, en territorio iraquí. Plantarte en Duhok, una de las ciudades más conservadoras del Kurdistán, con un equipo formado íntegramente por mujeres es una experiencia única. Los pocos rodajes que hay en la zona suelen ser coproducciones con Alemania o Suiza, de manera que los presupuestos y las condiciones de rodaje de una película de bajo presupuesto española que combina localizaciones reales y actores profesionales y no profesionales no dejaban tampoco de sorprender.

Sinjar es una ciudad iraquí junto a la frontera siria, habitada por la minoría yazidí, famosa por ser ocupada en 2014 por Estado Islámico, que mató a sus hombres y convirtió a sus mujeres en esclavas sexuales. ‘Sinjar’, la película, explora las relaciones afectivas de tres mujeres distintas, en España y Oriente Medio. Carlota vive en Barcelona y su hijo desaparece, con gran dolor descubrirá que se ha marchado a Siria para unirse a Estado Islámico. Hadia es una mujer que vive encerrada en una casa junto a sus tres hijos pequeños, sometida a las vejaciones de un matrimonio en territorio de Estado Islámico. Arjin, una adolescente, consigue escapar de esa realidad y, en su deseo por reencontrar a su familia, se convertirá en una soldado kurda.

En la película hemos querido acercarnos a la realidad de ese territorio, de esos rostros, de esos acentos. Y por ello hemos rodado dos de las historias en el área de Duhok, donde la mayoría de los supervivientes del genocidio de 2014 viven en campos de refugiados. Así pues, una de nuestras protagonistas, Iman Ido Koro, es una joven adolescente que fue secuestrada por Estado Islámico y que vive en uno de esos campos, y que ante la cámara interpreta esa búsqueda familiar que siente tan próxima. Para el equipo, la experiencia de rodar junto a mujeres que han sufrido tanto -y que consiguen tirar adelante con unas vidas tan duras a sus espaldas- ha sido desafiante y enriquecedor, duro e incomparable a la vez. Y mientras Iman se ha convertido en nuestra Arjin, el equipo de mujeres que hemos tirado adelante el rodaje en Duhok nos hemos convertido inevitablemente en sus referentes, al demostrar que existe una manera de vivir y de luchar como mujer, que no habían visto antes (sobre todo, en lo que se refiere a nuestro oficio).

Pero rodar en el Kurdistán no ha sido sólo enriquecedor y muy pleno, también ha sido difícil, seamos sinceras. Tener firmado un contrato no significa que la actriz no quiera dejar la película dos días antes de empezar a rodar, tener cerrada una localización no significa que esa localización “exista” el día que quieres rodar (o que un cuartel habitado por soldados kurdos esté un par de semanas después habitado por soldados iraquíes que nunca te dejarán entrar, porque el concepto de frontera en Irak es más móvil e inestable que en cualquier otro lugar del mundo) o rodar en un cementerio no es tan fácil como conseguir entrar en él, puesto que si no hay muerto presente al que se esté enterrando todo el mundo creerá que alguien va a morir próximamente.

Y si la experiencia ya era interesante de por sí, la aparición de la Covid-19 lo acabó de redondear (ironía modo on de nuevo). Al poco de empezar a rodar cerraron las escuelas -no nos iba mal, puesto que las protagonistas adolescentes no se perderían las clases y eso no recaería sobre mi consciencia-, pronto las cafeterías -y perdimos el restaurante donde cenábamos cada día, un espacio al que sólo iban hombres y que era nuestro remanso de “occidentalidad”-, nos paraban en los controles policiales y nos miraban la temperatura… hasta que el día que tenían que llegar un par de actores de España, no les dejaron coger el avión porque el alto número de afectados en nuestro país había hecho que Irak nos pusiera en la lista negra. Así que la crisis de la Covid-19 se convirtió también en mi crisis, cuando ya sólo nos faltaba rodar una semana en el interior de una casa y con actores profesionales, que había sido mi sueño durante todo el previo y azaroso rodaje.

Habíamos podido superar muchas crisis, pero esta parecía definitiva. Pero antes de cancelar definitivamente el rodaje, el equipo se reunió y analizamos la situación: parecía incierto saber cuándo podríamos regresar, teníamos a tres niños refugiados de Sinjar “en raccord” (y no sabíamos si podríamos traerlos a rodar a España, en caso de que decidiéramos cambiar la localización, puesto que los visados no son nada fáciles de obtener). Decidimos darnos un par de días de margen e intentar conseguir otros actores. Llamamos a todo el mundo que podía ayudarnos y, sobre todo gracias a nuestra actriz protagonista, Halima Ilter, alemana de origen kurdo, en 24 horas conseguimos dos actores dispuestos a subirse a un avión y venirse a rodar a Irak en tiempos de pandemia, conociendo poco más que el guion de la película. Pero un par de horas antes de subirse al avión descubrimos que cuando llegaran a Erbil les encerrarían 14 días en cuarentena, de forma que anulamos inmediatamente. Y sólo porque esas casualidades o dioses que bendicen los rodajes se alinearon, encontramos a unos actores locales perfectos para el papel. Y así fue como conseguimos tenerlo todo listo -pocos minutos antes de medianoche, cuando empezaba el toque de queda- para confinarnos en una casa, equipo técnico y artístico, y rodar la semana que nos faltaba.

Acabado el rodaje, empezaba otra odisea, la de volver a casa. El aeropuerto llevaba días cerrado y no había perspectiva de apertura. Pero gracias a mil gestiones y a la intervención del embajador español, conseguimos que todo el equipo local pudiera regresar a su casa y que el equipo español pudiera llegar a Erbil, la capital. Tras alojarnos unos días en el consulado, un helicóptero nos llevó hasta Bagdad, desde donde viajamos en un avión militar de transporte hasta la base de Zaragoza. Y con un salvoconducto, conseguimos finalmente llegar a casa, donde nos esperaba un confinamiento definitivamente más tranquilo.