PUNTO DE VISTA / Las británicas. Por IRLANDA TAMBASCIO

Después de casi un mes de encierro forzoso en el que las pantuflas han pasado a ser nuestro calzado predilecto, y por qué no admitirlo, cuando ya nos empezamos a ver las caras tal y como son a través de las aplicaciones de moda, a saber, sin rímel, con mal color por falta de vitamina D y con la raíz a medio teñir, he empezado a encontrar un paralelismo de la mujer que en el fondo todas somos, con las que siempre fueron así en la ficción, sin complejos y sin necesidad de fingir nada: las británicas.

De izquierda a derecha, Keeley Forsyth, Hebe Beardsall y Sarah Lancanshire, en una secuencia de ‘Happy Valley’

Siempre me fascinaron los personajes femeninos del cine inglés. Esas mujeres que no han llevado ortodoncia, y que parecían exentas de la necesidad de lucir lustrosas melenas o un cutis sin puntos negros. Pero es que además, no tenían ningún problema a la hora de emborracharse, decir lo que se les pasaba por la cabeza y ser rematadamente honestas y libres, a veces con gran educación, otras no tanto.

Las británicas tampoco necesitaban ser ni tan jóvenes ni tan guapas en la pantalla. Al compararlas con las estrellas de Hollywood, obsesionadas con el glamour y con tener la misma nariz operada, sólo las ‘losers’ podrían acercarse a la incorrección de las inglesas, pero siempre pagando un alto precio: el de ser las eternas excluidas del sistema.

Lo mismo pasaba con las francesas, demasiado pendientes de ser sexies e intelectuales a la vez, todo un desafío del que no siempre salían bien paradas. Y aunque reconozcamos que a veces lo logran de un modo aparentemente menos artificioso que las americanas, siguen siendo demasiado educadas, demasiado chic.

En el cine español hay de todo, pero sigue habiendo una cierta herencia del cine hollywoodiense en el que conviene que haya en el reparto una mujer muy joven y bella, haciendo gala de la sensualidad latina que tanto conocemos, un plus que no conviene desaprovechar.

Pero las británicas… Las británicas no se operan, ni se maquillan, ni van a la pelu obligatoriamente, y ahí reside su encanto de antiheroínas. Porque, amigas, necesitamos antiheroínas como rayos de sol las plantas. Y faltan muchas, muchísimas más de las que ya hay, así que agradezcamos a las inglesas que hayan sido las primeras valientes en dar el paso.

Y es que creo que el feminismo no podrá construir una sociedad sana, sin este primordial elemento representativo de nuestra neurótica sociedad moderna en sus relatos. Las mujeres estamos sometidas a tanta presión por rendir en tantos flancos, que no nos permitimos fracasar con clase o con humor. Sí, somos fuertes, pero también humanas y como tal, llenas de luces y sombras.

Hemos visto decenas de antihéroes masculinos en la ficción y siempre he echado en falta esos personajes femeninos imperfectos que nos harían sentir por fin reconocidas en ese espejo en el que tanto necesitamos reflejarnos.

Las mujeres estamos empezando a contar nuestra propia historia y a crear nuevas identidades, y las británicas me parecen un referente muy saludable al que acudir. Creo que su ficción goza de un momento álgido y fecundo precisamente por sus interesantísimos y carismáticos personajes femeninos.

Sí, a veces podrán ser insoportables, neuróticas, histéricas, malhabladas, egoístas, borrachas, salidas, bordes, sarcásticas, feas, guarras, malvadas, desaliñadas o egocéntricas, pero queridas british… como personajes sois lo más.

No voy a dar nombres, seguro que ya sabéis de quiénes hablo, las hay de todas las edades, clases y colores. Y si no es así, salid a buscarlas en la pequeña pantalla durante este encierro. Verlas te reconfortará tanto, como quitarte el sujetador al llegar a casa o los tacones después de una noche de fiesta (aunque en nuestra memoria ahora todo esto quede un poco lejos).

Pero lo que de verdad podría ser liberador, sería que nos sacudiéramos de una vez por todas, tanto cliché de mujer perfecta.