PUNTO DE VISTA / La horma de ‘Las niñas’. Por OCTAVIO SALAZAR BENÍTEZ

En su libro ‘Rebeldes’, que es una mezcla de memoria personal y colectiva, Amelia Valcárcel describe el proceso mediante el que ella, como tantas mujeres españolas de su generación, tuvo que ir rompiendo las limitaciones establecidas por unos procesos socializadores dirigidos a convertirlas en «seres para otros». La filósofa feminista usa la metáfora de la horma para describir toda una serie de prácticas dirigidas a encajar a las mujeres en un molde, en una serie de roles, en un lugar concebido por y para los hombres. Las guardianas de las tradiciones y la virtud, las condenadas al silencio, las resignadas, las esclavas del Señor. He recordado las jugosas páginas de ese libro al ver el brillante debut como directora de Pilar Palomero. Porque ‘Las niñas’, aunque ubicada varias décadas después de lo que Valcárcel relata, y a pesar de que nos habla de una España ya plenamente democrática, la de la Expo y las Olimpiadas, nos sigue hablando de lo mismo. De cómo la educación ha forjado durante siglos a las mujeres, con la ayuda esencial de una Iglesia católica a la que nuestra Constitución otorgó un lugar de privilegio, y de cómo esa socialización ha pretendido siempre, entre otros objetivos, negar sus cuerpos, sus deseos, en fin, la libertad suprema que supone ser dueña de tu piel y de tu destino.

Uno de los grandes aciertos de ‘Las niñas’, que me ha recordado mucho en su manera de contar a la bellísima ‘Verano 1993’, es que va urdiendo una trama que, aunque cargada de densidad emocional, circula delante de nuestros ojos con la sencillez aparente de lo cotidiano, como si la directora, en una especie de juego de filigrana, hubiera ido cosiendo detalles, miradas, momentos, para, desde ellos, narrarnos un momento y un lugar. Y, por supuesto, unas vidas concretas en las que se reflejan los pesares y las conquistas. Es un acierto cómo a través de pequeñas pinceladas la película nos ubica en la época que se estaba viviendo en España, o cómo sin grandes alardes melodramáticos nos da las claves del pasado de la madre de la niña protagonista, o cómo incluso nos desvela el contexto de un colegio en el que se prorrogan los mandatos patriarcales. En este sentido, la primera y la última escena cierran un círculo en cuanto a lo mucho que dicen las imágenes sin necesidad de subrayar lo que la directora quiere que veamos. Todo ello lo consigue con la ayuda de unas interpretaciones cargadas de verdad y emoción de todas las niñas y, por supuesto, de una Natalia de Molina que, película a película, nos va demostrando que es una de las mejores actrices de su generación. Las miradas y los silencios de Andrea Fandos, la niña protagonista que comparte ojos y alma con la Nuria Torrent de ‘El espíritu de la colmena’, son de esos que te atraviesan casi sin darte cuenta, como si fueran el ligero pinchazo de una aguja que no descubres hasta que ves una gota de sangre en tu dedo.

Dos escenas, a mi parecer magistrales, enmarcan a la perfección lo que la película tiene también de ejercicio de memoria, personal y colectiva, como el libro de Amelia Valcárcel, es decir, como praxis que revela y desvela lo que habitualmente solo ha estado en las notas a pie de página. Y por supuesto en la carne y en la piel de quienes sufrieron una sociedad que todavía entonces, en aquellos 90 de Héroes del silencio y de socialismo que iniciaba decadencia, seguía arrastrando el peso de unas Sofías que tenían que seguir peleando para no ser designadas por las miradas de otros. La escena en el que grupo de amigas descubren y juegan con un preservativo, y aquella otra en que vemos como dos de ellas huyen del visionado de ‘Marcelino pan y vino’, nos está hablando de la necesaria emancipación, de la necesidad de cortar cadenas, pero también de las estreches con que estas niñas, convirtiéndose ya en mujeres, tienen que buscar su lugar en el mundo. Un mundo, todavía, pese al «Póntelo, pónselo», hecho a imagen y medida de los niños, esos que apenas vemos en la película, aunque son los que han condicionado y condicionan en gran medida la vida de ellas. Como si la sombra de Pepe el Romano continuara alargándose más allá del suicidio de Adela. Son ellos, en definitiva, los que proponen rollo y los que otorgan el perdón en el confesionario.

‘Las niñas’, que viene a sumarse a una lista afortunadamente cada vez más larga de mujeres cineastas que son las que hoy por hoy nos están ofreciendo el cine español más interesante, será sin duda no solo comprendida, sino también dolida, por muchas generaciones de mujeres que acudan a verla. Por supuesto, mi madre se verá reflejada en ella, pero estoy seguro de que también la madre de mi hijo, y me temo que también mi sobrina. Educada ésta en la época de Instagram, sin monjas en su colegio pero sin educación sexual en sus aulas, prisionera del móvil y de las canciones de Maluma. Una niña, mi sobrina, que no hizo la primera comunión, pero que vive en una sociedad en la que, de alguna manera, no hemos sepultado del todo ni los tests de SuperPop ni las portadas de Interviú. Este presente que tanto necesita de la memoria, paritariamente construida, para acabar de una vez por todas con los fantasmas del pasado.


Octavio Salazar Benítez es Catedrático de Derecho Constitucional. Miembro de la Red Feminista de Derecho Constitucional Universidad de Córdoba http://lashoras-octavio.blogspot.com/

CIMA agradece al autor que permitiera publicar este texto, aparecido originalmente en el diario Público el pasado martes 8 de septiembre.