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PUNTO DE VISTA. Honestidad y valentía. Por LUCÍA TELLO DÍAZ

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PUNTO DE VISTA. Honestidad y valentía. Por LUCÍA TELLO DÍAZ

Asistimos a la proyección de ‘Un amor’, de Isabel Coixet, gracias a la generosidad de la propia directora y de la productora, Marisa Fernández Armenteros, quienes han invitado a las socias de CIMA a su preestreno en el Círculo de Bellas Artes

Honestidad y valentía. Estas son las cualidades que se deben desplegar para dirigir ‘Un amor’. Honestidad, porque adentrarse en las pulsiones de la protagonista de la novela de Sara Mesa, sin caer en los lugares comunes, implica todo un desafío; y valentía, porque nadie que sea brutalmente honesto puede permitirse carecer de ella.

Isabel Coixet siempre ha poseído el coraje suficiente para acometer proyectos espinosos y el talento para conseguir mutarlos en relatos que apelan tanto al intelecto como al alma. Nada hay más bello que sus cintas repletas de conciencia y emoción.

En este caso, Coixet nos adentra en una historia áspera, inabarcable en su minimalismo. Un relato que encumbró a su autora literaria y que ahora Coixet convierte en una película netamente coixetiana. Y para ello, la directora se vale de un equipo artístico tan meticulosamente seleccionado que, de forma inapelable, se presenta como la encarnación viva de sus ascendentes literarios.

Natalia, ‘Nat’ (Laia Costa), es una traductora simultánea que, a pesar de su alto nivel intelectual y de su estilo urbano, se ve obligada a trasladarse a una casa de alquiler en la falda de una montaña. Todo en el entorno es hostil, desde una vivienda asediada por las humedades, hasta un entorno severo y un pueblo de carácter afilado. El constante ladrido de los perros, las condiciones climatológicas y la animadversión de su casero (Luis Bermejo) no hacen sino acrecentar su sensación de amenaza. Pero Nat sigue adelante, no se amilana ni huye, solo intenta aplicar pragmatismo a la situación. Si el propietario no se encarga de las averías de la casa, las arregla ella; si no dispone de un perro guardián, se afana en adiestrar a ’Sieso’, el perro que le facilita su propio casero. Y si no dispone de financiación para poder arreglar las goteras, entonces, empiezan los problemas.

En el pueblo, de una escasa docena de habitantes, Nat conoce a Píter (Hugo Silva), un atractivo vidrierista que, con sus ademanes neohippies y su flirteo soft, se gana su confianza. También coincide con Andreas (Hovik Keuchkerian), apodado ‘el alemán’, quien parece saber enmendar desperfectos de toda índole. La lluvia torrencial y la falta de dinero de Nat abonan el terreno para un acuerdo. Después de sopesar los pros y los contras, Andreas se atreve a solicitarle a la joven un intercambio físico a cambio de arreglar su tejado. Algo rápido, práctico, sin emoción. Aunque la primera reacción de Nat es una lógica negativa, también se siente tentada por la necesidad. Solo una vez. A fin de cuentas, no es nada personal.

Pero las relaciones humanas siempre son personales y, conforme se abandona ante una espiral de búsqueda y de deseo, mayor es la sensación de soledad y de lejanía emocional que siente. El desapego de Andreas es algo que le resulta imposible de gestionar, lo que la sitúa en el epicentro de una vorágine en la que el fuego lo devora todo.

Espectacular propuesta de una Isabel Coixet que se siente cómoda bordeando la zona de confort del propio público, ‘Un amor’ enfrenta a los espectadores a sus límites morales, sin cuestionamientos ni juicios de valor. Porque Coixet no juzga a los personajes y, mucho menos, los condena. Sí bosqueja un itinerario que, inadvertidamente, traza una línea emocional, la de una protagonista que se rinde al placer y, por ende, al desasosiego, y lo hace sin importarle las consecuencias. A pecho descubierto.

El entorno privilegiado de La Rioja es testigo de excepción de este juego de luces y sombras de las relaciones íntimas, tan elevadas y subterráneas como la misma orografía humana. Y lo hace Coixet combinando unos planos espectacularmente alegóricos (su dominio del fuera de campo y de las angulaciones es descomunal), con un montaje (a cargo de Jordi Azategui) entregado por completo al ritmo de la propia protagonista.

La historia original es transformada de manera notable en algunos aspectos que, sin duda, contribuyen a completar una significación mucho más pregnante. Esto es especialmente evidente en lo referido a Nat y su arco de transformación, más acusado en el caso cinematográfico, con un sentido interno de justicia que da cierto alivio al espectador.

Porque sí, esta historia rural, física y hosca, a veces coquetea con el thriller, se adentra en el drama e incluso hace concesiones a la comedia (máxime en su primera parte), lo que la convierte en un auténtico fragmento de vida. Su estrategia fílmica, tan cercana a ‘Los santos inocentes’, de Mario Camus, como a ‘El camino’, de Ana Mariscal, no desdeña su vertiente más castiza, para combinarla a su antojo con obras de la propia directora como ‘La librería’, ‘Elegy’ o ‘Mapa de los sonidos de Tokio’. Y todo ello sin perder un ápice de su redondez, ni de su cercanía a la fuente literaria de la que bebe.

Una película, en definitiva, que plantea tantos interrogantes morales como la propia vida, que deleita con su despliegue visual, sonoro e interpretativo, y que garantiza un final catártico. Impecable.

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