PUNTO DE VISTA / Hola, no estás sola: apogeo del cine hecho por mujeres en España. Por PABLO DÍAZ TORRES

(Este texto se publicó originalmente en THE CONVERSATION el pasado 23 de septiembre)

El auge del cine realizado por mujeres en España constituye ya un fenómeno incuestionable. Se constata al reparar, sin ir más lejos, en los filmes galardonados con el Goya a la mejor dirección novel de las dos pasadas ediciones (Verano 1993 y Carmen y Lola). La gala de 2019 reunió en las nominaciones para esa categoría a cuatro directoras frente a un único aspirante masculino, algo enormemente revelador.

Las razones finales de este feliz acontecimiento han de encontrarse necesariamente más allá de la reubicación que en los últimos tiempos está experimentando el lugar de la mujer y lo femenino en nuestro mundo. Pero nos interesa aquí caracterizar de manera general esta nueva generación de cineastas.

Bollaín y Coixet, dos precursoras

Sin necesidad de remontarse a las “madres fundadoras” Rosario Pi o Ana Mariscal, y nunca olvidando los nombres de Josefina Molina o Pilar Miró, que las antecedieron, las figuras de Isabel Coixet e Icíar Bollaín, sólidamente acompañadas por Gracia Querejeta, María Ripoll o Chus Gutiérrez, han sabido articular una identificable mirada autoral y consolidar una encomiable independencia creativa.

Bollaín nunca ha dejado de dotar su obra de una clara orientación social. En la senda de su oficioso maestro Ken Loach, lima las asperezas de la militancia debida al cine de tesis mediante la asimilación efectiva de los requerimientos del melodrama. La filmografía de Coixet arrancó con una tan eficaz como, en su momento, inusitada y desconcertante absorción mimética de las convenciones del cine independiente norteamericano para desembocar en un sereno y exquisito clasicismo.

En cualquier caso, el cine de la catalana, recientemente distinguido con el Premio Nacional de Cinematografía, queda marcado por un sentimentalismo genuino y profundo totalmente persuasivo que, en ocasiones, no desdeña el posicionamiento crítico con la realidad.

El vibrante momento actual

La vigente y sostenida profusión de títulos, óperas primas en su mayoría, viene de la mano de un nutrido grupo de cineastas jóvenes en el que la multiplicidad de opciones arroja un resultado de gran variedad.

El abanico abarca desde esa indagación sobre la identidad a lo Haneke que supone Ana de día, de Andrea Jaurrieta, una obra desconcertante en su descoyuntada estructura y posmoderna en su desprejuiciada amalgama de materiales diversos; a la sensible crónica de la abrupta venida de la madurez que es La inocencia de Lucía Alemany.

Un hilo común

No obstante esa diversidad, una atenta observación a todo este ciclo de filmes permite extraer una inclinación por parte de sus autoras hacia el uso de la vivencia personal y biográfica como la base a partir de la que construir sus propuestas.

Y esto es así en un sentido distinto a Coixet y Bollaín, dueñas de una visión propia, si bien vinculada a asuntos universales. En este sentido es realmente significativo comparar Júlia ist de Elena Martín y Most beautiful island de Ana Asensio.

En principio muy distintas en tono y en desarrollo, termina por hermanarlas el que hayan nacido directamente de la peripecia vital de sus promotoras en relación con la coincidente experiencia de extrañamiento y desarraigo que genera el súbito abandono del hogar y la supervivencia en un país extranjero.

La veta de la nostalgia

A modo de vector especialmente fértil en esta recurrencia a la introspección, quizá los productos más apreciables sean los que están haciendo de la nostalgia el sustrato expresivo fundamental, según dejan ver los que pueden considerarse los mayores logros de esta fructífera cosecha.

Verano de 1993, de Carla Simón, y la recién estrenada Las niñas, de Pilar Palomero, arraigan en mayor o menor medida en los recuerdos infantiles de sus creadoras. Participan las dos cintas de una inmediatez cautivadora gracias a la prodigiosa labor de sus intérpretes infantiles. Una labor potenciada por una puesta en escena con voluntad de verismo sin concesiones, que define algún cine español de los últimos lustros.

Ambas relatan una tradicional historia de descubrimiento infantil derivando el filme de Palomero a una sutil y lúcida lectura sociológica frente a la más luminosa e impresionista, aunque no exenta de elementos de denuncia, Verano de 1993.

Resulta llamativa la coincidencia de que durante todo su metraje acusen una calculada contención que estallará en sus dos portentosos planos de cierre, probablemente los más bellos y emotivos del cine español reciente.

Cine de mujeres, cine femenino

Consagradas y principiantes, la obra de todas estas cineastas nos lleva de nuevo al antiguo y seguramente estéril debate al respecto de la particular especificidad del cine hecho por mujeres. Aparece así un determinismo estético que da por sentada una predisposición exclusiva de cada sexo independientemente de los condicionamientos culturales.

Es obvio que en el caso de las realizadoras aludidas se proponen temáticas, intereses y ambientes del todo asociados a lo femenino. Por no hablar de que sus personajes protagonistas y secundarios, en su práctica integridad, son mujeres, con el centrado emocional y psicológico en términos de relato que eso conlleva.

Pero ¿ello implica necesariamente la manifestación de una intrínseca “sensibilidad” femenina que siempre se patentizará en la obra? ¿No es fruto esta idea, al fin, de una concepción machista de la creación artística que obliga a que el filme de una directora adquiera indefectiblemente una forma concreta? El trillado ejemplo de Almodóvar y su constante exploración de lo femenino nos convencería de lo contrario.


Pablo Díaz Torres. Doctorando en Estudios Artísticos, Literarios y de la Cultura de la Facultad de Filosofía y Letras UAM, y profesor de Historia del Arte en Centros de Enseñanzas de Artísticas Superiores de la CAM, Universidad Autónoma de Madrid


Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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